Tiempos Convulsos en España, Juan Carlos I nos deja

exilio de juan carlos I
Miguel Ángel Miguel Andrés. M&M Difusión. Soria.

Ayer era noticia, hoy podía ser un recuerdo, Juan Carlos deja las Españas. El comunicado de la Casa Real no nos pasaba desapercibido.

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En este periódico solemos, en función de las circunstancias, recoger hechos que marcan un antes y un después, hechos con trascendencia social y que implican algo más que un simple momento.

Mientras que algunos buscan el ejemplo de Alfonso XIII como quien busca a Roldán en los pastos de Roncesvalles, he tenido que adentrarme en la historia de España para encontrar una respuesta, una similitud, un algo igual a lo que acontece y que esclarezca este momento tan crucial en el que una figura con tanta significación nos anuncia su «exilio» de suelo español.

Tuve que viajar en el tiempo hasta días después de la conjura del Escorial, para ver la herencia del motín de Esquilache que recibió Carlos IV. Un viaje que me llevó en esos días después de la conjura del Escorial, a caer de lleno en pleno motín de Aranjuez, en marzo de ese lejano 1808, para estudiar como otro rey, español, en esos días, partía hacia lo que sería su exilio definitivo.

Se daban unas similitudes muy parecidas a las del momento actual, entidades extranjeras querían apoderarse de España, un caudillo europeo buscaba gobernar en toda Europa y tomó el pulso a la sociedad europea del momento. Napoleón Bonaparte, cual Soros u otros, buscaban gestionar los intereses económicos de todos los países dentro de un gobierno central europeo, donde las identidades y enseñas nacionales poco significan para ellos.

Dentro de ese contexto está la vida particular del rey emérito, donde «sus quehaceres» nos dicen qué hizo, cómo lo hizo, dónde lo hizo y con quién lo hizo, y cada cual explica los hechos como bien sabe, puede o quiere, mientras la justicia camina sus pasos, resolviendo los problemas legales y no morales.

Dejando a un lado los pastos de Roncesvalles, encontramos la explicación política a este momento en la triada Carlos III, Carlos IV y Fernando VII.

En mi viaje del tiempo, salté un poco más adelante, hasta el 1814, cuando «el Deseado» regresaba de su exilio y volvía a las Españas. Un momento tenso y crucial para la monarquía y el pueblo español, pues el regreso del «Felón» a España, marcó nuestra deriva en la política actual.

La instauración del absolutismo con la firma en Valencia de Fernando VII, una fima que supuso la derogación de «La Pepa» y la persecución de los liberales, implicó mucho más para el pueblo español y su memoria histórica de lo que nos imaginamos. Un pueblo que defendió su patria desde las Cortes de Cádiz expulsando al invasor francés y que terminó viendo al «Empecinado» ajusticiado.

Un pueblo que no estuvo a gusto con un rey felón, ni en el propio trienio liberal de Rafael de Riego, un rey «el deseado» que no tuvo hijos y que su sucesión desembocó en una guerra civil, de cara a que su hija fuese Reina de España.

Una triada marcada por un politiqueo de reyes con ministros, que comenzó en tiempos de su abuelo Carlos III, «el alcalde de Madrid», y que tuvo y retuvo entre otros a Esquilache, Aranda, Floridablanca o Campomanes. Sucedidos  en tiempos de Carlos IV, por un Godoy amanerado, que daba al extranjero privilegios sobre lo español y que en tiempos del felón y su absolutismo,  tuvo que darse ese levantamiento de Riego, marcando lo que sería la historia política moderna de España.

Una política en la que entraban liberales, moderados,(progresistas o conservadores), la masoneria, los jesuitas y de no ser por su silencio hasta el Cister Cluniacense, podía hacer política en España. Una política que se acuñaba en el horno del dolor y enardecía los corazones azorados por el embrujo del pesar.

Es ese momento en el que parece que andamos desde entonces, buscando la forma de Gobernar España y de ser gobernados. Gobernados, si, de forma propia por alguien digno. Una sucesión de nombres, aristócratas y políticos recorren esa senda en estos últimos 200 y pico años tratando de hacer y deshacer,. Encauzando la política española. Sufragando sus mandatos en función de cada ideología inventada al uso y que con el tiempo desaparecerá en los libros de historia, como desapareció la vida de Carlos III o se irá la de Juan Carlos I. Vidas que pocos verán parejas, y menos aún encontrarán la lección a aprender, de cara a saber compensar este ahora covídico que vivimos.

Un salto en el tiempo, lejos del momento actual, tan áspero, donde las connotaciones de las «trampas» económicas y los entramados de poder, buscan legitimar a quien gobierne en España, en el gobierno de turno, mientras sea al uso de lo que se espera de él o ella y sirva a intereses económicos más longevos.

Y es que, en España parece que no terminamos de resolver nuestra historia más reciente, una historia de política y libertad que comenzó con La Pepa, donde un rey deseado por unos y felón por otros, nos quitó una Constitución firmada por el pueblo y que, desde entonces, unos a favor, otros en contra de la monarquía, buscamos tener derechos y libertades dentro de nuestro nuevo vivir, un vivir que acontece en cada periodo histórico.

Un periodo histórico que parece ser nuevo, pero que es un apósito de un pasado sin superar, pasado al que parece que nadie mira para saber el futuro que viene después, un futuro que parece se tercia a saltos de mata entre Esquilache y Aranjuez.

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